Las elecciones de medio mandato en EEUU que tuvieron lugar el martes 3 de noviembre ratificaron los pronósticos: los candidatos del Partido Republicano de Trump sufrieron una dura derrota. Perdieron la gobernación de cinco Estados –algunos históricamente republicanos como Texas– y el control de ambas cámaras del congreso a manos de la oposición demócrata. Lo sorpresivo no fue la derrota en sí, sino su contundencia. Al momento de escribir esta nota, los demócratas pasan a gobernar 28 de los 50 Estados (faltan definir resultados en Alaska y Kansas), obtienen una mayoría clara en el senado con 54 bancas de 100 y una mayoría holgada de 252 bancas en la cámara de representantes. Fue tal la magnitud del fracaso, que el propio Trump debió moderar sus declaraciones y no pudo sembrar dudas en el sentido de algún posible fraude, como fue el caso en las presidenciales de 2020.
En el análisis más pormenorizado de los resultados por distrito, destacan algunos que fueron clave en el cambio de tendencia: las poblaciones rurales, los de concentraciones de latinos, jóvenes y trabajadores de bajos salarios. Tal como el propio Trump propuso, la votación puede entenderse como un plebiscito a su gestión, mostrando el descontento generalizado de amplios sectores de la pequeñoburguesía y la clase obrera. En el campo, que llevó al triunfo demócrata en Estados rurales históricamente republicanos como Texas, Kansas, Iowa y Carolina del Sur, el efecto de los aumentos del diesel y los fertilizantes fue determinante. Aunque debemos saber que el aumento de los combustibles y de la inflación en general, que supera el 3% anual, influyó en las votaciones de todo el país. La política represiva contra la inmigración probablemente fue central para “pintar de azul” (color de los demócratas) todos los distritos de la frontera con México; cambia la tendencia del voto latino, salvo en Florida donde persiste la influencia del lobby de la burguesía extramar cubana (conocidos por todos como gusanos). La juventud también se vio impactada por estos elementos: crisis económica, represión interna y también por las aventuras guerreristas en Medio Oriente, como demostraron las movilizaciones contra el ICE en Minnesota a principios de año y anteriormente las ocupaciones de universidades contra el genocidio que Israel lleva adelante en la Franja de Gaza. Ninguna promesa de “hacer grande a América de nuevo” puede convencer a las amplias capas de la clase obrera que están levantando, en el país imperialista más poderoso del plantea, reivindicaciones tan básicas como vivienda, educación y salario mínimo. En su segundo mandato, Trump ni siquiera intentó engañar a los trabajadores hablando de una recuperación industrial, cosa que hizo en el primero. Al contrario, todo para los tecno-magnates y la alta burguesía financiera, quienes también recibieron una paliza en estas elecciones.
A nadie escapa que el gran motor de la derrota es la combinación de la crisis económica signada por la inflación y la precarización de las condiciones de vida con el repudio al belicismo, sobre todo a la guerra de Irán, que es vista con razón como el principal factor del aumento de los combustibles. Como dirección imperialista que debe enfrentar la ruptura del equilibrio inestable capitalista en medio de la erosión de su hegemonía, Trump adoptó un rumbo guerrerista para intentar establecer un nuevo equilibrio. Su política demostró ser aventurera, pero no se trata de un error de cálculo táctico: sucede que esta crisis de dirección imperialista es producto de la descomposición de las bases económico-sociales del sistema capitalista. Y por ello, está sufriendo el impacto de ir a la guerra sin haber establecido, internamente, una base social suficientemente sólida, algo que el imperialismo norteamericano clásicamente hacía a partir de su relación con la aristocracia obrera y la burocracia sindical. Por el contrario, la guerra generó aún más penurias para la clase trabajadora e incluso para sectores de los “farmers” del campo, siempre prestos a sustentar los proyectos imperialistas más agresivos. El voto en las “midterms” del martes expresó un rechazo compacto, incluso de sectores afiliados al PR, a la economía de guerra a la que Trump somete a la población, con sus guerras arancelarias, sus intervenciones militares y su represión interna.
Ahora bien, el Partido Demócrata, la otra pata de la democracia imperialista yanqui, evidenció una falta absoluta de claridad para expresar una dirección y un programa coherentes, incluso desde el punto de vista burgués. Sus diferentes alas usufructuaron la catástrofe republicana, pero no pueden ponerse de acuerdo en casi nada, sólo en un slogan muy general que podemos resumir en “plata para salud y educación y no para la guerra”, o en todo caso “no tanta plata para la guerra”, ya que existe un ala importante de los demócratas que se mantienen firmes en la defensa y el apoyo a la entidad sionista que ocupa Palestina. En términos muy generales, se habla de dos sectores nítidos: el viejo establishment demócrata ligado a las grandes firmas imperialistas y a todo tipo de lobbies capitalistas como el farmacéutico, el bancario, el de la industria del entretenimiento, etc., etc. y los Socialistas Democráticos de América (DSA), que dirigen el bloque “woke” (progre) dentro del partido. Esta interna, cuyos contornos empezaron nítidos pero se van desdibujando a medida que los legisladores e intendentes del DSA como Mandami entran al aparato del Estado, expresa la contradicción del rol actual que debe jugar el partido, es decir, mostrarse como una contención que permita a las instituciones representativas del Estado burgués asimilar a los movimientos que expresan el avance de la crisis al interior de la metrópolis. Y es que, sobre todo a partir de la pandemia y el ensayo general reaccionario que montó la burguesía para darle respuesta, en EEUU se vienen multiplicando las expresiones de protesta contra la violencia racial (Black Lives Matter), la represión antiinmigrante, la solidaridad con Palestina, contra el autoristarismo trumpista (No Kings Day), entre otros.
Lo más destacable es que estas movilizaciones se dan entrecruzadas con una notable tendencia laboral a la organización en los lugares de trabajo y a las luchas salariales y por condiciones de trabajo, llevando a tasas de sindicalización no vistas desde hace décadas. También la burocracia sindical agrupada en la AFL-CIO intenta llevar esta corriente a las instituciones a través del canal del PD.
El Partido Demócrata no presenta una dirección clara para el imperialismo y además Trump debe seguir conduciendo (muy debilitado) hasta 2028. El PD debe procesar sus anteriores fracasos y es también expresión de la decadencia de una clase burguesa en descomposición, por lo que su victoria no puede representar ningún tipo de perspectiva para la clase obrera y los oprimidos. Una bancada de “minorías identitarias” no hace un programa ni una dirección. Estas elecciones son un golpe muy fuerte a toda la dirección imperialista, no sólo a Trump. Quizás el vicepresidente Vance haya sido el único que presentó una línea de salida, proponiendo una política más desvinculada del frente externo, buscando retomar apoyos de los sectores descontentos con la guerra en un programa más clásico “aislacionista” republicano y tendiendo puentes con un ala demócrata. Las posibilidades de esa variante son igualmente acotadas, esperar y ver.
La entrada en desgracia de Trump ha tenido rápidas consecuencias en su armado cipayo en América Latina: los títeres del escudo de las Américas se hunden con su jefe. No sólo Bolsonaro Jr., que anticipó el resultado en EEUU, ahora también el paraguayo Santiago Peña, huyen en desbandada. Las consecuencias para Milei no se harán esperar. Y mientras los elencos burgueses dirigentes de la Unión Europea están muy complicados con las enormes movilizaciones juveniles y de trabajadores que recorren sus países, China y Rusia toman nota de esta debilidad pasmosa del imperialismo, pero con cautela, ya que la crisis económica mundial que recién empieza a delinearse amenaza a sus frágiles economías, sometidas a una asimilación catastrófica.
Los discursos contra la guerra de los demócratas y de republicanos como Vance son mentiras destinadas a recrear una base social para las instituciones del Estado imperialista, bases que vienen demoliendo los diferentes gobiernos de ambos partidos al ritmo de la descomposición del sistema. La guerra no es optativa para la dirección imperialista: el avance de las contradicciones del capitalismo, la necesidad de terminar de asimilar a los ex-Estados Obreros y de establecer un nuevo equilibrio inestable apoyado en una nueva relación capital-trabajo basada en la derrota de nuestra clase lleva a una agudización en el enfrentamiento secular entre la contrarrevolución burguesa y las fuerzas revolucionarias del proletariado. Tampoco es cierto que el DSA pueda establecer su tímido programa de reformas bajo la égida de las leyes del capital en esta época de crisis, guerras y revoluciones. El único camino es sentar las bases programáticas y organizativas de una dirección obrera, una dirección antiimperialista, que enfrente al Estado yanqui en su política de saqueo y apoyo a Israel. Dispuesta a organizar a la vanguardia de nuestra clase en los grandes batallones industriales, para atacar a los capitalistas en la producción poniendo las fábricas y empresas bajo control obrero, estableciendo las escalas móviles de horas de trabajo y salarios, como parte de un programa de transición para desorganizar a la burguesía. En este punto, la tarea fundamental es destronar a la burocracia de la dirección de los sindicatos para ponerlos en función de la lucha revolucionaria. La pelea es por reconstruir la Cuarta Internacional y su sección norteamericana, retomando las experiencias más avanzadas de nuestra clase. Está más vigente que nunca el llamado que hacemos desde la TRCI a una conferencia internacional de las corrientes que levantamos el programa de la dictadura del proletariado para poner en marcha esa tarea titánica.