
Las elecciones generales en Brasil, cuya primera vuelta se celebrará el próximo 4 de octubre, son motivo de gran expectativa, tanto a nivel nacional como internacional, ante la coyuntura impuesta por el imperialismo en el último período. Esto se debe a que el actual gobierno, una amplia coalición burguesa cuyo candidato, Lula (PT), se postula para un nuevo mandato, es visto como uno de los últimos bastiones de la soberanía nacional en América Latina frente al mayor intervencionismo estadounidense en la región y a las recientes victorias de presidentes de países vecinos alineados con Trump. Por otro lado, una victoria de Flávio Bolsonaro es entendida como el golpe de gracia del “entreguismo” sudamericano ante el imperialismo.
La política actual del imperialismo, bajo el liderazgo de Trump en su segundo mandato, es una expresión de su decadencia y de su intento por restablecer el equilibrio inestable de la posguerra sobre nuevas bases, recuperando su hegemonía frente al crecimiento de la influencia económica china en el mundo y, especialmente, en América Latina. En esta búsqueda por aumentar la productividad y, por lo tanto, la acumulación, Trump ha impuesto guerras arancelarias, ha renegociado acuerdos y pactos vigentes en las últimas décadas y ha buscado acuerdos bilaterales, además de lanzar una política más agresiva, de enfrentamiento más directo, para asimilar a los ex Estados obreros al sistema de Estados semicoloniales. Todas estas políticas han profundizado los elementos de ruptura de ese equilibrio, acelerando las tendencias guerreristas del imperialismo. De este modo, nos encontramos ante un escenario mundial marcado por la guerra. Desde las guerras arancelarias, los conflictos militares abiertos en diversas partes del mundo, las acciones represivas de los Estados contra los movimientos de masas, las reconversiones industriales hacia la producción de armamento y los presupuestos estatales destinados a la defensa son los procesos bélicos que caracterizan las políticas de los Estados en el período actual.
Es en este contexto donde se enmarca la orientación de Trump hacia América Latina. Esta mayor intervención en la región, o el llamado “corolario Trump” de la Doctrina Monroe, no es solo una forma de garantizar un alineamiento estratégico en la región, alejando otras influencias (como China) de su “patio trasero”. Se trata de una disputa abierta por los recursos naturales, por el aumento de la acumulación, en una coyuntura marcada por la guerra. El secuestro de Maduro y la apropiación de las reservas petroleras venezolanas, el asedio intervencionista y las sanciones contra Cuba, el “Escudo de las Américas” y la instalación de diecisiete nuevas bases militares en la región, además de los acuerdos para la explotación de minerales críticos y tierras raras en Colombia, y de cobre y litio en Argentina, Chile y Perú, ponen al descubierto esta política.
Es evidente que estos procesos no ocurren en el vacío de la lucha de clases. El intervencionismo acérrimo del imperialismo también acelera la descomposición del bonapartismo sui generis, esa condición especial de poder estatal propia de las semicolonias debido a su relación de dependencia con el imperialismo. Este proceso da lugar a gobiernos más inestables y sin base social que, al someterse totalmente a los designios imperialistas, desencadenan enormes crisis políticas y económicas, así como enfrentamientos de lucha de clases, como ocurrió recientemente en Bolivia.
La descomposición del bonapartismo sui generis en el marco de esta nueva reconfiguración de las relaciones entre los Estados semicoloniales y el imperialismo también tiene implicaciones en los equilibrios de clase y sus instituciones políticas. Esto se debe a que, bajo el dominio más directo y agresivo del capital extranjero, las burguesías nacionales de la región ven agravada su debilidad y, por lo tanto, tienen mayor dificultad para hacer concesiones a la clase trabajadora como forma de buscar una base social que les garantice cierta autonomía. Esto hace que, incluso bajo gobiernos más “democráticos”, la clase trabajadora se vea sometida a una mayor explotación y, cuando se levanta, a una mayor represión.
Esto quedó claro con el gobierno de frente amplio burgués de Lula y Alckmin. Además de no revocar las reformas laborales, de seguridad social y educativas del gobierno anterior, implementó el marco fiscal ya en el primer año del nuevo mandato. Toda la trayectoria posterior del gobierno se centró en garantizar las ganancias del empresariado nacional, el agronegocio y el capital monopolista mediante paquetes de incentivos y acuerdos con el “centrão”, que representa la plataforma de negocios más consolidada de la burguesía en la república.
En lo que respecta a las relaciones con el imperialismo, el gobierno de Lula ha obedecido para garantizar sus intereses en Brasil, aunque busque mantener cierta diversificación de las inversiones extranjeras y las relaciones bilaterales con China. Las privatizaciones de sectores estratégicos, la entrega del control de la explotación de los recursos naturales, la sumisión al agronegocio y la imposición del marco fiscal como forma de garantizar el pago de los intereses de la deuda pública son algunos ejemplos en este sentido. También vale recordar que, a pesar del discurso en contra del genocidio palestino perpetrado por Israel, el gobierno de Lula no ha roto relaciones con este enclave imperialista.
El discurso en defensa de la soberanía comenzó a cobrar fuerza tras los ataques de Trump contra Brasil como parte de su política para la región. La imposición de altos aranceles comerciales, la clasificación de organizaciones criminales (implicadas en el narcotráfico y el lavado de dinero) como terroristas y las acusaciones de prácticas comerciales desleales, como el Pix, buscan someter más directamente a Brasil a la lógica de la depredación imperialista. Para ello, es evidente que un gobierno totalmente alineado con esa lógica, como lo sería Flávio Bolsonaro, redunda en beneficio de Trump. Así pues, a Lula no le quedó más remedio que plantear el discurso en defensa de la soberanía nacional.
La pregunta que hay que plantearse es: ¿qué tipo de soberanía nacional es posible en un país semicolonial como Brasil? Basta con observar cuál fue la postura del gobierno de Lula frente a las medidas de Trump. Ante la imposición de aranceles, Lula buscó todas las vías de negociación, al tiempo que utilizó los recursos del Estado para cubrir posibles pérdidas de la burguesía nacional. Es decir, ante esta embestida del imperialismo, de una burguesía nacional débil frente al capital monopolista y de una oposición electoral que se propone ser totalmente sumisa a la política de Trump, Lula ha buscado plantear un discurso para recuperar una base social obrera que le permita mejores condiciones para negociar con el imperialismo. Ese es el límite de la “soberanía”. Por eso, se ha apoyado en la defensa del fin de la escala 6x1, ha enfocado sus mítines y actos hacia la región del ABC de São Paulo y, ahora, se erige en defensor de la soberanía nacional.
«Un liberal habla naturalmente de “democracia” en general. Un marxista nunca se olvidará de plantear la pregunta: “¿Para qué clase?”» (Lenin, 1918)
Desde las elecciones de 2018, con la candidatura de “extrema derecha” de Bolsonaro, la defensa de la democracia, como concepto abstracto, ha sido asumida con vehemencia por sectores de la burocracia sindical y del reformismo, pero también (aunque de manera más encubierta) por el centrismo trotskista. El falso antagonismo formal entre democracia y fascismo (o también en la versión democracia contra golpe de Estado) reaparece en estas elecciones con un nuevo ropaje: soberanía nacional contra entreguismo o sumisión al imperialismo. El discurso de estas direcciones sindicales y políticas, así como del centrismo, consiste en presentar un falso antagonismo entre diferentes formas de dominación burguesa, disimulando su contenido de clase. Detrás de este nuevo ropaje, persiste la defensa y la total adaptación a la democracia burguesa.
La democracia burguesa es la dictadura de clase del capital, su forma de dominación. ¡Es la democracia de los explotadores sobre los explotados y, por lo tanto, no sirve a los trabajadores! La actual crisis política que se ha instalado en los tres poderes de la república no hace más que poner al descubierto la descomposición de la democracia burguesa, y de su expresión semicolonial, como forma de dominación capitalista. La política del imperialismo acelera esta tendencia, aumentando la inestabilidad y las crisis políticas y económicas. Esta democracia ya no puede ofrecerle nada a la clase trabajadora, ni siquiera las migajas que en otro tiempo pudieron mejorar las condiciones materiales de vida.
Por eso, consideramos que cualquier defensa del voto por Lula (PT), como política para la clase trabajadora, es un retroceso y una traición brutal ante la necesidad de organización y lucha que se plantean en la coyuntura actual, caracterizada por la aceleración de los procesos bélicos. Del mismo modo, las candidaturas y las políticas presentadas por el centrismo —que se sitúan “a la izquierda” de Lula o se presentan como “revolucionarias” y que, lejos de presentar un programa para la clase obrera, proponen una mejor (o más democrática) administración del Estado burgués— no pueden considerarse instrumentos para la organización o la concientización de los trabajadores. Muy por el contrario, se suman a las traiciones de las burocracias sindicales al canalizar la disposición de lucha de los trabajadores hacia las instancias de la democracia burguesa.
¡Como revolucionarios, llamamos a votar en blanco en la primera y en la segunda vuelta! No como un voto de protesta ni como un voto por falta de opciones (ni este, ni aquel). Llamamos a votar en blanco para poner al descubierto el carácter de clase de la democracia burguesa, la cual, ante la etapa histórica actual, ya no puede desempeñar ningún papel progresivo para nuestra clase. El centrismo trotskista, en su crisis histórica y su total adaptación al estatismo burgués, se ha sumergido en las elecciones con todo tipo de “programas”, posiciones o incluso “ausencia” de posiciones. Utilizan consignas transicionales adaptadas a la gestión del Estado burgués, como forma de resolver la crisis capitalista, o adaptadas a la opinión pública para crear «fenómenos» electorales. Defienden la independencia de clase como una actuación parlamentaria con contenido “democrático de los trabajadores”, como si pudieran alterar el contenido de clase de las instancias del Estado burgués.
Defendemos que nuestra tarea es, más que nunca, poner en marcha el programa de transición, recuperando toda su intencionalidad y dinámica política elaborada por Trotsky; es decir, un programa que retome la primera tarea del programa comunista, que es desorganizar a la burguesía, atacando la producción y, en ese proceso, forjar una vanguardia que supere la crisis de dirección revolucionaria. Para ello, es necesario que nos organicemos a partir de nuestras propias estructuras, recuperando los sindicatos de manos de las burocracias sindicales que forman parte de la estructura estatal, para que podamos enfrentar al imperialismo y a la burguesía nacional en su núcleo, interviniendo en la producción. En este sentido, deben desempeñar un papel fundamental los sindicatos de los trabajadores directamente implicados en la actual orientación política del imperialismo, como los petroleros, los portuarios y los obreros de las industrias de material de defensa. Solo la clase obrera bajo una dirección revolucionaria puede frenar la furia imperialista en Brasil, en América Latina, en Palestina y en el Medio Oriente, y en todos los rincones del planeta.